Han pasado ya muchos años desde
que comenzó mi idilio fílmico con la “La
huella” de Joseph L. Mankiewicz,
y la pasión que siento por esta película no se ha visto alterada por las
sucesivas revisiones y las diferentes lecturas (cinematográficas y teatrales)
de la obra de Shaffer que he tenido
ocasión de ir disfrutando con el paso de los años.
La película de Mankiewicz, una vez superado el impacto
de su primera visión, se revela como un rico crisol en el que confluyen una
sustanciosa e ingeniosa trama magníficamente representada, en la que el juego y
el engaño constituyen sólo la punta del iceberg de un discurso que aglutina las
conclusiones filosóficas de su director. Abarcando éstas un abanico
que va de las cuestiones puramente estilísticas y formales a las sociológicas y
generacionales; todas ellas al servicio de un nuevo y definitivo ejercicio
de disección, con mirada cínica, del ser
humano y sus dudosas motivaciones.
Sin más preámbulos os
invitaré a disfrutar de esa fiesta cinematográfica que es “La huella”, mi película favorita de Joseph L. Mankiewicz, una obra maestra del cine que constituye el testamento
fílmico de uno de los directores más inteligentes y críticos del cine clásico
norteamericano.







