Me temo que esta
vez voy a ser poco objetivo, lo confesaré,
“El Sueño Eterno” es una película que me apasiona, una de mis
favoritas. Raymond Chandler, William Faulkner, Howard Hawks,
Humphrey Bogart y Lauren Bacall… saboread estos nombres, recreaos
con sus resonancias míticas. Dejaos llevar por la fusión del talento puro de todas esas figuras, de un cine y una literatura de otra época, inmortalizado en los
fotogramas de esta película e incombustible al paso del tiempo.
Sentid “El Sueño
Eterno”, porque es una película de atmósferas y de figuras arquetípicas;
una película afilada, deliberadamente oscura e intrincada que confunde a la
razón pero que se siente en las tripas. Una obra maestra del cine negro.
Ver esta
película es un pasatiempo de lo más entretenido, que además aporta al
espectador ese bienestar que proporciona toda gran obra. Recordarla es aún
mejor, te permite saborear los instantes intensos y electrizantes del film,
reteniendo en la memoria ese plano con esa mirada o ese diálogo chispeante, que
te atrapan para siempre.
Howard Hawks, nos deleita con una dirección
natural y discreta a su modo habitual, que permite el lucimiento de los dos
protagonistas y de unos secundarios insustituibles. El director se adentra en
el género del thriller, aderezándolo
con toques de cine negro y cine de aventuras exóticas con acierto y buen pulso,
apoyándose en unos diálogos pulidos y picantes llenos de dobles sentidos.
Una
ambientación de film noir, con sus
claro oscuros, su media luz y sus sombras; una trama entretejida de peligros y
reales y supuestos; una historia de amor intensa y un final a lo Howard Hawks, hacen de este film uno de
los grandes.
En el rodaje de “Casablanca” participaron personas de 34 nacionalidades distintas, si excluimos a los norteamericanos, el nutrido grupo restante estaba formado principalmente por europeos emigrados a Hollywood en busca de fortuna, que desde el otro lado del Atlántico veían como sus países padecían la guerra y el terror nazi. Húngaros como Michael Curtiz o S.Z. Sakall, franceses como Madeleine LeBeau o Marcel Dalio, rusos como como Leonid Kinsky o Gregory Gaye, checos y eslovacos como Paul Henreid y Peter Lorre, suecos como Ingrid Bergman, británicos como Claude Rains y Sydney Greenstreet e incluso alemanes como Conrad Veidt. Todos ellos tenían algo en común, habían dejado en casa seres queridos que ahora padecían y estaban en peligro; familiares y amigos que luchaban y resistían, o bien, eran perseguidos y morían en los campos de exterminio. La épica secuencia de la Marsellesa capta la emoción que se vivió en el estudio durante su rodaje, lágrimas auténticas se mezclaron con los emotivos compases. Los exiliados de “Casablanca”, símbolo de una Europa desgarrada, se levantaban heroicamente contra el terror fascista. Ahora ya no luchaban solos, a su lado estaba Rick (Humphrey Bogart), el nuevo y oportuno símbolo del norteamericano posterior a Pearl Harbor; duro pero comprensivo, escéptico pero idealista, dotado de una ironía nacida de la experiencia pero dispuesto a luchar de nuevo por una causa justa. Un aliado de peso y un enemigo letal en potencia.
Desde su
estreno en noviembre del 1942 hasta nuestros días “Casablanca” ha sido capaz de conquistar a una generación tras otra
de amantes del cine gracias a su poderoso magnetismo. En mi
opinión la clave del éxito de esta película, mito e hito de la cinematografía
universal, radica en su capacidad para emocionar, para calar hondo en el
corazón de los espectadores.
Clásica y
atemporal “Casablanca” emociona con
cada nuevo visionado, inmune al desgaste; capaz de ganarse por igual al
cinéfilo erudito y al modesto aficionado, trascendiendo y resistiendo a los
análisis sesudos y a las críticas postmodernas; gracias a su capacidad
intrínseca para transitar con naturalidad de la pantalla, a esa porción
intangible del ser humano que algunos llaman alma, a través de los sentidos,
poderosa y mágica.
Comenzamos el ciclo dedicado a Michael Curtiz con la revisión de “Ángeles con Caras Sucias” una briosa cinta de gánsteres
protagonizada por el entonces rey del género, con permiso de Edward G. Robinson, James Cagney.
“Ángeles
con Caras Sucias” destaca por la originalidad de su
guión, ya que su arquetípica trama pronto se torna heterodoxa y en ella acaban
coexistiendo armónicamente los tics propios del subgénero con la crítica social
y el ensalzamiento de uno de los grandes valores humanos: la amistad.
Suena bien. ¿No es cierto?
Pues al indudable atractivo que supone este planteamiento
inicial hay que añadirle tres valores extra nada desdeñables; el primero una de
las realizaciones formalmente más estilizadas del director húngaro, que a su
vez se ve potenciada por el segundo; la partitura rabiosamente expresiva del
gran Max Steiner; ambas al servicio
tanto de la historia como de la poderosa interpretación desplegada por el inimitable
James Cagney.
“¡Espera a verme en mi próxima película, interpreto al peor bicho con el
que hayas podido tropezarte nunca!” - Exclamó desde
la acera del restaurante “21” un
jubiloso Humphrey Bogart a Archer Winsten crítico cinematográfico
del NY Post.
Corría el año 1946 y Bogie
estaba realmente excitado ante la perspectiva de volver a trabajar con su amigo
John Huston, interpretando a un
personaje muy alejado de los papeles heroicos que se le presumían por ser una
gran estrella en la cima de su carrera. Afortunadamente Bogart, por su status y por su gran tirón de taquilla, se había
liberado de las restricciones de la política del estudio y se hallaba en
condiciones de escoger los papeles que le apetecieran. Utilizó esa libertad
para interpretar a Fred C. Dobbs un auténtico looser al que la fiebre del oro y la avaricia empujan a la locura
en “El tesoro de Sierra Madre”.
Me voy a permitir hacer una presentación de esta película
en un tono más personal de lo habitual ya que para mi este film es como un
viejo amigo.
Uno de esos amigos que conoces desde hace muuucho tiempo
y al que ves de tanto en tanto, menos a menudo conforme van pasando los años,
pero siempre que lo haces disfrutas plenamente de su compañía.
Continuando con la metáfora diré que en estos encuentros
con mi viejo amigo disfruto una vez más de los mismos hechos ya conocidos, tanto
rememorándolos como con la emoción anticipada a la rememoración. Además con el
paso de los años y con la madurez voy descubriendo otros matices que enriquecen
a mi viejo amigo y esto hace más fuerte nuestra amistad.
Y es que mi relación con “El Halcón Maltés” es así.
Disfruto de cada minuto de su metraje, de una historia
apasionante, fiel retrato de la novela del gran Dashiell Hammett, contada sublimemente por John Huston. De un Humphrey
Bogart, que alcanzó su status de estrella con este film, en una
interpretación memorable que hace que asociemos indisolublemente el personaje Sam
Spade con Bogie, borrando a
cualquier otro que lo haya encarnado o que lo vaya a encarnar. De una mujer
fatal “de libro” (Mary Astor) que
arrastra a la perdición a todo hombre que cae bajo su influencia. De unos
codiciosos y caricaturescos perseguidores del tesoro (Lorre, Greenstreet y Coock) que enriquecen cada una de las
secuencias en las que intervienen.
Y como no de ese misterioso y legendario McGuffin con forma de pájaro negro
forjado del material con que se hacen los sueños.
Una ominosa cámara subjetiva nos conduce en un plano secuencia por las calles de un barrio residencial de una ciudad del Medio Oeste, esta malévola presencia va dejando pasar una casa tras otra hasta que se detiene frente a una bonita casa en cuyo jardín descansa la bicicleta de un niño apoyada sobre un árbol.
Este es el comienzo de nuestro film, con el que Wyler magistralmente describe una de las guías fundamentales de está película: El mal que pone en peligro el estilo de vida de la familia americana. Un mal que aparece de repente barriendo de un plumazo los asuntos cotidianos y nos hace enfrentarnos a nuestros miedos más profundos… serán capaces los Hilliard de sobrevivir a esto.